EN EL BOSQUE: LLUVIA Y SEMILLITAS

Se puso la camiseta de Gimnasia, aquella gastada que le había regalado su abuela Marta cuando cumplió los 9, y salió de su casa. Ahora tenía 11 recién cumplidos. Las nubes copaban el cielo desde temprano, había llovido y parecía que se iba a caer el cielo. Pero él quería estar allí, más allá de las recomendaciones de su madre de que se quedara, ella era pincha y nunca lo iba a entender.

Comenzó la caminata a eso de las 10 de la mañana. Lo inevitable le pasó de nuevo: pisó una baldosa floja y se manchó el pantalón con barro. Masticando la bronca, de que llegaría sucio, pensó: “es temprano, demasiado”. Pero algo lo frenó de pegar la vuelta. No iba a regresar si ya había avisado que salía —Si vuelvo la vieja no me va a dejar ir— dijo en voz baja, y siguió la pateada.

Llegó a la esquina de 116 y 66, dobló echándose un pique hasta 117 y pegó el grito —¡Mati! ¡Mati!— mientras lo veía a Matías salir de su casa con su papá. —¿Van al partido?— les preguntó, ellos negaron con la cabeza y su amigo explicó que iban a almorzar a lo del abuelo, por lo que más tarde irían. Luego de ese encuentro, que lo había ilusionado, siguió caminando solo por 117 mientras que salían algunas señoras a limpiar las veredas y los viejos, que fumaban cigarrillos, charlaban sobre cómo formaría el equipo albiazul. A él no le importaba cómo se paraba tácticamente, por eso no le daba bola y seguía.

En 117 y 62 vivía Laura, una compañera de la escuela con la que siempre hablaban del Lobo, pero nunca se había animado a decirle para ir a la cancha. Era como si el arquero rival adivinaba la intención de Márcico y atajaba el penal, ahogando el grito de gol. Le tenía pánico a los penales, y ni hablar de invitarla a la cancha a ver el partido en el rinconcito de la ochava de la Tribuna Centenario, ese lugar sagrado para él, donde iba siempre. Algunos partidos, fechas atrás, la había visto a ella, o eso le pareció, caminando sola por la boca del ingreso; pero no lo corroboró. En un momento se le cruzó por la cabeza golpear la puerta, limpiarse el barro que tenía y afrontar a la madre, pero no era tan valiente como el Mellizo gambeteando a las defensas rivales. Pasó por la puerta, mirando de reojo por si la cortina tenía el mínimo movimiento, pero no, no se movió. Al pisar la diagonal 113, encaró para 60 y luego entró por la Avenida Centenario hasta el monumento. Se compró tres paquetes de semillitas con los ahorros de la semana, era la cábala: la vez que lo había hecho así, el equipo del Viejo le metió 6 a Racing y de ahí le quedó esa costumbre.

No tenía reloj, pero hizo el cálculo de la caminata y sentenció que faltaba media hora para ingresar al estadio que abría a las 11. Sacó del bolsillo de su pantalón el primer paquete, con los dientes arrancó una parte del plástico, inclinó su mano izquierda y cayeron algunas pipas en su derecha, de las que descartó un par porque se veían mal, y comenzó su ritual. Era clave el primer paquete, como la concentración de los jugadores; allí se jugaba toda la semana y ahora sí pensaba en cómo jugar su partido: se sabía todas las canciones y las repasaba una por una.

Sentado, observando el Estadio mientras hacía tiempo para que abrieran las puertas, le cayó una gota sobre una semillita. Miró al cielo y la cosa se veía fea, iba a llover mucho. El gordo de la puerta hizo una seña. Faltaban cuatro horas para el partido, pero él ya estaba ahí. Pagó una entrada con lo que le quedaba de dinero y entró cuando abrieron las puertas. Se esperaba mucha gente.

Pasó los controles y entró por la boca de la Tribuna Centenario, donde luego de esa promiscua subida, se veía el campo de juego que resaltaba sobre el día gris. Los que trabajaban en el estadio marcaban la cancha y colocaban las redes. Se frenó: inhaló, exhaló y sonrió. Estaba en su segunda casa, aquella que su abuelo le había transmitido defenderla a muerte a su padre: ambos habían dejado este mundo y alentaban a través de él. Comenzó a subir uno por uno los tablones, lo hacía con agilidad: era un lobo cachorro. Pasó y se acomodó en su rincón, desde allí veía todo. Era lo más alto que alguna vez había estado. De a poco se iban acercando las familias y se ubicaban en sus lugares. Tenía el deseo de cruzar una mirada con Laura, pero todavía no había aparecido.

Para su sorpresa el tiempo había pasado rápido, la estaba pasando bien, es que ahí siempre la pasaba bien. Se reía con conversaciones ajenas, donde el más verborrágico de al lado tiraba chistes y chistes. Cada tanto, cuando llegaban algunos, empezaban a cantar. Los jugadores, para preservar la cancha, no salieron al campo a hacer la entrada en calor pero intuyó que se venía el partido en poco tiempo. Miró abajo, a sus costados, pero Laura no aparecía.

Los papelitos ya recorrían las manos de los Triperos y se iban repartiendo un poco cada uno. Ya preparaban un gran recibimiento para el equipo. Los bombos y las trompetas sonaban: era momento del segundo paquete. Lo abrió y comenzó a comer una por una, muy pacientemente. De repente vió que algunos ya tomaban los papelitos para arrojarlos. Observó el panorama por abajo y, entre varios rostros, vio el de ella que lo miraba fijo, era Laura que sonrió y saludó. Él respondió, pero con cara de sorprendido. La perdió en la explosión de papelitos. Fueron segundos eternos, donde los veía viajar en cámara lenta y volarse con un viento que traía lluvia y olor a choripan; levantó su mano derecha y los papeles se unieron en el aire, volvió a ver hacia Laura, pero ella estaba cantando y mirando hacia la cancha. Había ido sola también, no veía a su madre ni a su gigante padre.

El primer tiempo pasó sin pena ni gloria, un cero a cero clavado. Guillermo tuvo una, pero el arquero estuvo bien en la atajada. La hinchada había cantado todo el partido y él, por primera vez, no se interesaba en eso. En el entretiempo cruzaron miradas, pero ella se quedó allí pero él no se animó a moverse. Cuando salieron los futbolistas al complemento, se largó una lluvia torrencial. Allí la gente empezó a cantar, y con más entusiasmo, mientras recibían el baño de la lluvia de marzo. Guillermo agarró la pelota, en el inicio del segundo tiempo, gambeteó y venció al arquero. El Lobo ganaba y llovía. Se hizo una promesa: —Si ganamos, voy y hablo con ella—. El agua se acumulaba y se empapaba. El partido terminó y los aplausos cayeron desde las tribunas. Miró y Laura se quedó ahí, bajo la lluvia, mientras la gente se iba; cruzaron una mirada y él bajó despacio mientras los pies le temblaban.

Quedaron en el mismo tablón. Uno al lado del otro, mientras algunos sacaban las banderas empapadas.
—Que golazo— dijo él con una voz casi ahogada.
—Si— acompañó ella —lástima la lluvia— agregó escurriéndose el pelo y mirándolo poco a poco.
—¿Viniste sola?— preguntó aún observando la cancha que estaba estropeada por el agua y el partido.
—Si. Mi mamá no quería venir y mi papá está de viaje ¿vos?— respondió Laura.
—Mi vieja, como te dije el otro día, es pincha y Matías tenía un almuerzo— recordó.

El silencio volvió a tomar protagonismo entre ellos; la lluvia seguía cayendo y los muchachos ya estaban terminando con las banderas. Ella movió su mano izquierda y tomó la derecha de él y sonrió. —¡Vamos! Ya es tarde y esto terminó— dijo ella entre risas. Él quedó mudo y tieso; no era valiente como el Mellizo gambeteando al arquero rival. Laura lo miró y acercó su rostro; él. cuasi pálido, no le quitaba los ojos al pasto, mientras recibía un beso en el cachete. Joaquin se sonrojó y por primera vez la vio. Era feliz por dentro, pero no lo podía demostrar; quedaron mirándose a los ojos, mientras la lluvia era intensa, más aún. El partido había quedado atrás. Eran ellos dos solos. Ya se habían ido todos. Ella se acercó, él también y se fundieron en un beso que hubiesen querido que sea eterno, como su amor por Gimnasia, pero no pensaban más allá, sino en ese preciso momento. Luego de unos largos minutos, donde se quedaron contemplando la belleza de las tribunas, el agua cayendo y el bosque en su plenitud; se pararon y comenzaron el regreso a sus casas, total donde vivía Laura le quedaba de camino a Joaquin.

El niño llevó su mano al bolsillo empapado y se acordó que tenía el tercer paquete. No lo había comido por los nervios, o quién sabe por qué. Lo sacó, lo abrió con las manos y dijo con una sonrisa mientras caminaban por la Avenida Centenario —¿Querés?—

Autor: Camilo Balleto

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